domingo, 7 de octubre de 2007

La Verdadera Historia del Niño-Tumor

Carlos Zerpa




En la clínica, a un hombre le sacaron de su vientre una gran bola de carne con pelos y con una nariz, una bola de carne del tamaño de una pelota de softball. (¡Ah!, entonces le pregunté al médico: ¿y los hombres también pueden tener teratomas?).

Pero no se trataba del primer hombre embarazado y, por ende, de una cesárea; ni tampoco se trataba de una operación quirúrgica para la extracción de un tumor maligno, no… nada que ver con el cáncer: este hombre se estaba autoclonando… A otro hombre le comenzó a crecer una bola de carne en su espalda y él pensó que estaba engordando, o que le estaba creciendo una joroba, pero cuando los médicos lo auscultaron, descubrieron que un cuerpo extraño estaba creciendo dentro de él y procedieron a operarlo. Al sacarle la bola de carne, ya del tamaño de una pelota de basketball, procedieron rápidamente a examinarla y descubrieron que además de pelo, tenía una oreja y varios molares diseminados alrededor de ella. Al someterla a los Rayos X y a revisiones de tomografía axial computarizada, descubrieron dentro de la bola de carne, unas vértebras sueltas, un ojo, una lengua y un diminuto corazón inactivo.

Pero estos no son los únicos casos que se conocen, ya que consultando con profesionales, médicos, doctores, científicos y estudiosos (¿The X Files?), se supo de numerosos casos de estas llamadas “autoclonaciones”, que no son niños siameses, ni gemelos que crecen dentro del cuerpo de su hermano en vez de crecer afuera… Se trata de extrañas mutaciones, de crecimientos desordenados de células, que se auto reproducen a capricho; cuerpos deformes, masas amorfas o formas de bolas de carne cual albóndigas.

Se han encontrado dentro de los “cuerpos albergantes” bolas de carne con dos ojos o cíclopes, bolas con bocas dentadas, con orejas, y con dedos que tenían uñas; se encontraron lenguas con pelos, calaveras con masa encefálica y ojos, y hasta bolas de carne rojas sanguinolentas, con dos bracitos… uno de cada lado llenos de dientes y con largas cabelleras, a las cuales le dimos el nombre de “Niño-Tumor”.

En la Ciudad de Agrigento al sur de Italia, una campesina gorda que pensaba estar embrazada de su séptimo hijo, fue llevada al Ospedale Victorio Buzzi en Milán, ya que había llegado al mes número 12 y aún no tenía dolores de parto ni dilatación, ni había roto fuentes. Al ser observada por los médicos especialistas, y después de hacerle un ecosonograma, la terrible verdad quedó al descubierto. Al instante fue llevada al pabellón quirúrgico para ser sometida a una operación de urgencia, para hacerle una cesárea. El resultado de dicha operación fue la extracción de una cabeza humana de su vientre, de tamaño natural, copia idéntica a la de la mujer campesina, que la llevaba dentro de sí. “Era como su propia cabeza decapitada, lo que sacamos de su vientre”, (dijo una enfermera partera), “era idéntica, pero con los ojos cerrados; era una cabeza copia fiel de la original”. Sin dudad, era una cabeza “autoclonada”… la historia que parece extraída de unos libros de ciencia ficción, puede ser corroborada, tan solo leyendo los historiales médicos de cualquier hospital en el mundo, o preguntándole a nuestro médico de cabecera, ya que estos casos secretos de “autoclonación” suceden alrededor del planeta y son de lo más comunes, aunque al resto del mundo nadie nos lo de a conocer.

Si estas historias se filtran y se trasmiten a nosotros, ¿Qué no sucederá en verdad dentro de las clínicas, hospitales y laboratorios? ¿Qué no sucederá tras bastidores? ¿Crecimiento de niños con cabezas de animales? ¿Hombres pulpos? ¿Hombres insectos? ¿Niños arañas? ¿Mujeres bicéfalas? ¿Sirenas? ¿Hermafroditas? ¿Serpientes con cabezas humanas? ¿Hombres con dos penes? ¿Mujeres con vaginas en vez de bocas o bocas en vez de vaginas?

Dado el hecho comprobado científicamente de la existencia de estos entes escapados de las clínicas y hospitales y que ahora habitan submundos, me pregunto: ¿Qué tipo de espíritus “encarnan” estos teratomas? ¿Son Ángeles o demonios?

Sé que hay seres del lado oscuro, que están esperando impacientes por ocupar estos cuerpos “clonados” y darle aliento de vida con su alma a estas malformaciones, para así poder volver a la tierra, a cometer sus malas acciones. Buscan encarnarse para formar un ejercito y luego eliminar a los actuales ocupantes del mundo… invadir, conquistar, reemplazar, usurpar, erradicar, arrasar… e imponer por supremacía el reino de los deformes y amorfos, aquí en el planeta tierra.

¡OH Dios! Tanta perversidad me da un poquito de susto.

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Las máquinas que hacen ping

Fedosy Santaella




“Ah, I see you have the machine that goes ping!”

Monty Python´s the meaning of life


1

No supimos cómo expresar nuestras emociones frente a la máquina; era lógico, estábamos frente a lo que en aquel momento considerábamos un prodigio único en el mundo. Algo sí era indudable: allí, fuera de la caja, rutilante en su metálico cuerpo, la máquina que hace ping era nuestro símbolo irrefutable, el escudo de armas de nuestra inteligencia.

El Administrador se acercó a ella con delicadeza y la acarició con un gesto indeciso; al igual que todos, le era imposible identificar el extraño acontecer de su interior.

-Esta máquina viene de una región helada; así que debemos aclimatar el salón antes de que comiencen las visitas –sentenció el Administrador, asumiendo el control de la situación y apelando a su avasallante sensatez.

Por debajo de cero se estableció la temperatura del salón y, de inmediato, la máquina produjo su tan anhelado y característico sonido. Nos sentimos confiados, tranquilos y seguros: la máquina que hace ping estaba a gusto.



10

Las direcciones más recónditas del planeta hallaron su norte ante la máquina. En sana paz, la muchedumbre tomaba sus números, y las filas de espera se articulaban serenas como un viejo ofidio de zoológico.

En igualdad de condiciones y gracias al convenio del orden, a cada visitante se le otorgaba el goce supremo de estar en presencia de la máquina durante un minuto. El ritual y las experiencias eran similares: el visitante, reclinado en un cómodo diván, era tocado en la frente por el brazo o espada de punta roma de la máquina que, por supuesto, hacía su ping; del rostro del afortunado se desprendía la felicidad y del cuerpo un aura beatífica. La sensación duraba meses y los dones eran incontables.



11

Afuera, se instaló el mercado de los altares, las ofrendas, las oraciones y el hacinamiento de las muletas y las sillas de ruedas ante la foto tamaño natural de la máquina. El pueblo llegó a conferirle poderes propios de una deidad pagana. Es comprensible, los predios de la ignorancia están plagados de dioses y santos de distinta ralea. Para nosotros, sólo importaba la reverencia silenciosa del visitante y la temperatura constante y necesaria, facilitadora del correcto funcionamiento de la portentosa consentida.



100

Romero se apellidaba el investigador ilustre. Estudió a profundidad los cabalísticos manuales de uso y descubrió que la máquina que hace ping curaba la locura. Para demostrarlo, trajo a cincuenta enajenados del Asilo de Los Teques y al Presidente de la República (no, él no era otro loco, sino el invitado de honor). Una vez comprobado el caos mental de los orates (preferían el desnudo, bebían sus orines, hablaban de flores y comían excremento), el ilustre Romero los colocó uno a uno ante la espada roma de la máquina. Aunque no lo percibimos (porque no estábamos ni estamos locos), sabíamos que el ping era diferente, con unos decibeles adecuados para la cura de los enajenados, según aseguró el investigador. Luego, los locos fueron llevados de vuelta al asilo; necesitaban reposo y observación, precauciones de rigor en un procedimiento tan de avanzada.

Al cabo de unas semanas, el ilustre Romero llevó a los cincuenta locos que habían sanado a la Casa Presidencial. Lucían diferentes, parecían otros; estaban bañados, afeitados, preferían las ropas al desnudo, bebían whisky en lugar de orine, hablaban de política en vez de flores y degustaban sushi y sashimi, ajenos del todo a la coprofagia. Resultaron tan cuerdos e inteligentes, que el Presidente decretó que los cincuenta pasaran a formar parte del gobierno en distintos puestos de embajadas y nuevos ministerios. El ilustre Romero fue nombrado Primer Ministro.



101

Un día, se presentó un joven que parecía estudiante y que resultó ser un aspirante a poeta, o peor, un mal poeta. Inocentes, ajenos a toda malicia, lo vimos sacar un papelito arrugado. Alisó sus pliegues con patética reverencia mientras afinaba la garganta. No teníamos idea de que iba a leerle un poema (un mal poema) a la máquina que hace ping. Aún nos cabalga su lamentable lectura en nuestra memoria perspicua.

Anoche te soñé
tomando sol en los jardines.

Reposabas serena en el lecho de la tierra
mientras los bichos incitaban el cortocircuito
de tu binaria existencia.

Tu hojalata se hizo madera
tu espada roma
mil ramas vivas
y tus estáticos chips
incontables hojas bañadas de rocío.

Anoche soñé tu sueño
infalible máquina mía.

No sabemos si el deleznable bardo había concluido; no nos interesará jamás darnos por enterados. Seguridad lo arrastró lejos del sitio antes de que dijera cualquier otra horrible tontería.



110

La decadencia comenzó unas semanas más tarde. Culpamos de ello al poetastro; no existe otra explicación.

Al mediodía, la máquina que hace ping cesó su actividad. Nos sobrecogió un horror casi cósmico hasta que, cinco minutos más tarde y ante un técnico de cuero cabelludo masacrado por sus dedos impotentes, la máquina inició sus actividades con normalidad. El técnico, cabellos en la mano y piel en las uñas, no supo darnos respuesta.

El alivio fue un sueño fugaz. La máquina se volvió a apagar al día siguiente, a la misma hora y durante cinco minutos. Llamamos a un especialista. Desde una región gélida, arribó un ingeniero de mirada metálica. Luego de un par de minutos con un estetoscopio sobre las dormidas entrañas, su boca impávida como una navaja de hielo, dictaminó:

-La máquina dice que se dará un reposo diario de cinco minutos, que no es mucho, pero que no lo pide como favor, sino como una imposición.

No quedó más remedio. ¡Maldito barducho que le vino a leer mala poesía y alborotarle los integrados con ideas raras!



111

El Administrador supo que la competencia había comprado una máquina que hace ping. Ahora eran dos en el país, dos máquinas que hacían ping. Los peregrinos dividieron sus visitas y sus corazones. Afuera hubo dos cultos.

Como es usual, nuestro Administrador tuvo una gran idea: compró otro artefacto que hace ping y lo colocó junto a nuestra primera máquina. El éxito de la operación fue demoledor. La competencia, incapaz de financiar otras máquinas tan costosas, vio cómo mermaba el número de sus visitantes. En nuestro salón, la cita seguía siendo de un minuto, pero ahora frente a dos máquinas; la oferta era, sin duda, más atractiva. De plusvalía y como por arte de magia, nuestra máquina original dejó de reposar los cinco minutos que nos había impuesto. Estaba acelerada, exultante, y parecía brillar más que el aparato nuevo.

-Ahora sí se acabaron los sindicalismos –dijo el Administrador satisfecho.

Y nuestras dos máquinas hacían ping al unísono, y todos estábamos contentos.



1000

Pasaron meses. Una noche, la primigenia máquina que hace ping comenzó a sacudirse y a emitir un sonido diferente al ping de costumbre. Era como un lamento, como una respiración entrecortada, rápida y seguida de quejidos lastimeros, como si algo le doliera. Aquello duró unas diez horas y, al amanecer, de una ranura en el centro de nuestra máquina primera, surgió una maquinita engrasada y generadora de un sonido delicado y tierno. Nos sobrecogió la náusea; aquellas máquinas habían caído en la abominación de imitar la vida humana.

Al borde del desmayo, vimos cómo el nuevo artefacto de hacer ping pasó su respectiva espada roma o brazo por delante del cuerpo de la agotada máquina y protegió a su vástago recién nacido. Allí permanecieron, abrazados.

Ese día, no dejamos entrar a nadie.



1001

Los visitantes preguntaban qué estaba ocurriendo, exigían que los dejaran pasar. Temimos una poblada; pero el Administrador, siempre tan hábil, hizo sus averiguaciones de mercado y luego de negociar con el Primer Ministro Romero y los cincuenta funcionarios comedores de sushi y sashimi, consiguió los permisos para traer una máquina nueva en tiempo récord.

Apenas la tuvimos en nuestra zona de descarga, se les informó a los visitantes que había una máquina nueva en el salón vecino. Como un ágil lagarto, la fila cimbreó sus ansias de novedad y no dejó rastro frente a las puertas del antiguo salón.
Viendo el éxito absoluto de su estratagema y libre de toda obligación contractual, el Administrador despidió a las dos máquinas anteriores. No había otra salida; no querían trabajar y sólo se ocupaban de su inquieta maquinita.

Las tres fueron llevadas al patio trasero, que no es precisamente un cuidado jardín. Allí, entre el gamelote crecido, las máquinas que hacen ping tomaban sol y contemplaban a su cría correteando entre las gramíneas salvajes. A nuestras mentes, acudieron las palabras del bardo despreciable.

Anoche te soñé
tomando sol en los jardines…


1010

Una tarde, Seguridad reportó que las tres máquinas habían trepado la pared y pasado al otro lado. Nadie recriminó la impericia de los guardias; la huida de la familia fue un alivio.

Ahora, ellas nos mandan fotografías desde lugares codiciables, acompañadas de notas amistosas que pretenden borrar su descaro y su traición; no descartamos el sarcasmo de aquellos mensajes. Una vez, hasta nos remitieron una estampa en compañía del fatídico barducho. Se les veía a la sombra de algún ventorrillo con el mar caribe al fondo; las máquinas simulando una falsa alegría humana y el barducho una triste sonrisa de triunfo. La nota decía: “Con cariño, la familia feliz”.
Allá ellos. Algún día pagarán por sus aberraciones.

Por nuestra parte, estamos más que satisfechos; la nueva máquina es mejor, de un diseño futurista, precioso e inigualable. Vino, además, con una garantía de veinte años que da fe de su absoluta infertilidad. Y ni hablar de su sonido espacial e inspirador; un zumbido intermitente, elegante, como de aire acondicionado, nada comparado a la campanilla medieval y rústica de las chatarras que hacen ping.


(Del libro Postales sub sole. De la A la Z ediciones. Caracas. 2006.)


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Falsa alarma

Celeste Deep



Vulgarmente entreabiertos, despiadados y amenazantes, aquello podrían significar un sí rotundo o un no para siempre. Quizás era sólo la antesala a una evasiva, quizás era sólo un gesto inconsciente y automático, quizás nada iba a decir o a hacer, pero para quien espera salvar la vida o morir en una respuesta, era implacable el instante entre la posibilidad infinita y la realidad de facto que podía desvelar ese telón que se levantaba tan inhumanamente despacio.

Todo se hizo un carrusel. Dio vueltas el mundo y giró y giró su vida. El piso se movía y no podía contener los efectos de aquel mar de fondo. El temblor de su mano era incontrolable y no podía encontrarse el pecho, ni se sentía respirar. El mareo que le causaba aquel aliento contenido y la sensación de perder el sentido en cualquier momento, lo hacían tambalear, clamando por el desenlace de aquel acto de labios que le había provocado tantas noches enteras de ensayos para besar.

Aquella sensación era infinita, intensa y demoledora. Entre el mareo y las náuseas, trataba de espantar las mismas bandadas de mariposas y pájaros oscuros que se batían en su pecho esperándola y que ahora le atacaban provocándole desfallecer.

Y a las náuseas y el mareo, a la falta de aliento y al temblor, se le unieron cosquilleos, hormigueos, escalofríos... La impresión de desvanecerse, de cerrar los ojos e irse. Vacilante, tanteó su pecho sin hallarlo donde lo había dejado mientras oraba para su propio dios: “Dilo pronto o no lo digas, ahora o nunca jamás, pero ¡hazlo ya! ¿No ves que me estás matando?”

Y entre las paredes inflamadas que dibujaban llamaradas en sus ojos y un diluvio incontenible que bañaba todo su ser, sentía que algo en él crecía hasta hacerse inabarcable e impedirle respirar. Era el mismo, aquél que la esperaba silencioso cada día, cada tarde, clandestinamente. Se hacía más grande sentía que le saldría disparado buscando esa boca, disparado buscando sus pechos, disparado buscando un lugar más amplio para poder seguir latiendo con sus alas de colibrí. Y de crecer y expandirse sin remedio, lastimaba, punzaba y dolía… El espacio que tenía, el claustro donde habitaba, el reducto en el que solía pasearse en tranquila soledad, se le hizo pequeño para doler y el dolor no le bastaba ¡Necesitaba doler más aún! Así, invadió territorios impensados de su cuerpo; su cuerpo que comenzó a quedarle apretado y no le alcanzaba ya. Estallaba en mil demonios encendiéndole y envolviéndole en urgencias las extremidades por las que buscaba escapar.

¡La mitad se le moría! ¡La dejaba de sentir! ¡Se desplomaba! Se hundía en un letargo oscuro que no podía salvar. Se sostenía del cada vez más minúsculo resquicio de aire y perdía las fuerzas mientras se lo tragaba la negrura. En lo que quedaba de luz, lejos ya, muy lejos, sentía aquellos labios abandonándolo en la lucha por retenerlos.

Ahora su boca crujía con cada palabra que trataba de articular. Trataba de humedecer y levantar la lengua plomiza y amarga que le obstruía y saboteaba el habla desobedeciendo su voluntad. Los ojos se defendían cubriéndose tras cerrojos de las cuchilladas de luz que recibía haciendo esfuerzos por volverla a mirar. Respiraba jadeante y escuchaba entre la sordina de su cabeza y el rumor de la conciencia lejana, ruidos que no podía distinguir ¡Ella no estaba a su lado, pero nunca había estado más cerca! Se sentía el hombre más afortunado del mundo y ahora tan solo buscaba en las arenas desérticas y agrestes de sus entrañas resecas, las palabras adecuadas para explicarle al tipo ese que le metía mano por todos lados y trataba de electrocutarlo, que estaba equivocado… que aquello no era ningún infarto. Tan sólo le habían besado hasta el corazón.

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Pequeñas pero grandes lecturas de Consultorio

Carlos A. Medina



Estoy sentado en la tercera parte de un bello sofá de cuero color crema. Tengo una persona por delante antes de entrar a la cita con la Doctora Morrini. Temo por lo que me vaya a decir acerca de estas molestias estomacales que me tienen sufriendo desde anteayer. Tomo una vieja revista y quedo anclado en su sección de Correos:

Soy una antigua lectora de su revista, por lo que siento me estoy dirigiendo a unos apreciados amigos a quien solicito, por favor, que en un futuro realicen un número especial sobre los niños que transpiran en abundancia y tienen accesos de mal genio. Me es necesaria esta información porque tengo un hijo de 12 años de edad que cuando regresa de la escuela, todo sudado, le cae a patadas al perro. Atentamente,
Luz Aida Ruiz
Miami, FL, EE.UU.


Los felicito por su revista LOS HERMANOS CHANG. Tengo 35 años de leerla. Lo que más me gusta es “Conspirando desde la indigencia”, la novela por entrega de Joaquín Ortega. Claro está que al final leo todo su contenido: desde las publicidades de la Baptist Health Systems de Chirimena, hasta los tips de dietas de Fedosy, puesto que soy gorda.
Liliam Martínez
Cuernavaca, México.


En la edición No. 23, artículo “El controversial cambio de Diego Rísquez”, el Dr. Brad Herman, del Miami Plastic Surgery, habla de los implantes salinos en los senos a través de pequeños cortes en las axilas que el afamado cineasta se practicó en meses pasados, y me gustaría saber si esta cirugía se realiza en Guatemala.
Ángeles Tamazo
Gualán, Guatemala.


Quiero felicitarlos por su maravillosa revista, y deseo por medio de ustedes información sobre los productos de maquillaje Mary Kay, puesto que mi esposo es fanático de Ava Gardner y quiere parecerse mucho a ella.
Nubia Molina
Medellín, Colombia.


Adoro LOS HERMANOS CHANG y nunca he dejado de leerla. Me gustan los temas sobre viajes, y le pediría a Roberto Echeto que editara un libro con experiencias y recomendaciones de las partes del mundo que ha visitado. ¡Quedé estupefacta con sus cuitas sobre Madrid! Pero el objeto de esta carta es solicitarles la receta de Torta de Naranja China. Mil gracias por su atención.
Alicia de Martínez
Cali, Colombia


Soy adicta a su revista LOS HERMANOS CHANG. Llevo muchos años leyéndola sin perderme ninguna. Es sensacional. Me encantó la No. 21 del Año 39, que ha llenado mis expectativas. Como por ejemplo, el tan esperado artículo en el que analizan a Norkys Batista bajo la mirada de Marcuse, titulado “Una Mujer Unidimensional”. También me gustó el de turismo en Las Vegas escrito por Enrique Enríquez, ya que me gané un pasaje a esa ciudad y me orientó mucho, y más aún, el de la receta para rebajar de peso de la Sopa de Repollo. Gracias anticipadamente,
Susana E. Preuss
Tonosí, Panamá


Mis más sinceras felicitaciones por ese hermoso reportaje acerca de Gustavo Aguado. Me encanta LOS HERMANOS CHANG, la espero con ansias cada mes y la devoro E-N-T-E-R-I-T-A. Me fascina además la novela del Señor Centeno; esa que habla de una casa y un dragón. Buena literatura rosa. Sigan adelante.
Ramiro E. Aguirre
Mayer, AZ, EE.UU


Una dulce voz quebranta el imperioso silencio del consultorio:

-Señor Medina, ya puede pasar.

Exámenes de rutina

Juan Zamora




Hace veinte años atrás, qué me iba a estar preocupando yo por exámenes médicos de rutina, de esos a los que debe someterse cualquier hombre interesado en mantener una buena salud, si mi edad no llegaba aún al límite en el que debe uno ocuparse de tales menesteres.

Hoy en día, las cosas han cambiado. Llegué a los cuarenta y, las revistas de salud, los médicos, artículos de prensa, publicidad y afines, indican que tienes que comenzar a cuidarte.

Bajo esta premisa, debido al tiempo transcurrido y aunado todo esto a la oferta que hacía la empresa en donde trabajo de una revisión médica gratuita a través del seguro, no me quedó otra que solicitar mi cita para visitar al doctor.

Todo avanzaba muy bien y sin complicaciones. Un poquito de sangre, una pequeña porción de heces, un chorrito de orina (tranquilos, no es una receta de cocina). Una foto de los huesos, sonría, ahora pase por acá, abra la boca, saque la lengua, inhale, exhale, cierre la boca, ¡meta la lengua antes, caramba!

Todo en orden. Peso no muy acorde con la estatura, pero bueno, nada de qué preocuparse hombre, eso pasa.

Cuando estaba presto a cerrar mi camisa, ponerme la corbata y tomar la chaqueta para irme, el galeno me convidó a sentarme.

-Calma amigo, que no hemos terminado.

-Ah, eso pensaba.

-Pues, fíjese que no. A ver, cuénteme, qué sabe usted del examen de próstata.

-Yo creo que ese día estaba enfermo y no pude ir a presentar, así que si ese carajo no lo entregó, o se lo copio, o no lo hizo, la verdad es que no tuve nada que ver.

-Me refiero a la prueba de Despistaje de Hiperplasia Prostática.

-Yo creía que me estaba hablando del maracucho que estudió conmigo. Bueno, eso que suena tan feo, me parece que es algo que le da a los viejitos, ¿no es así?

-No, querido amigo, ningún viejito. Estamos hablando de una glándula que poseemos todos los mamíferos machos, muy machos, y que se encuentra en la base de la vejiga, alrededor de la uretra. Muy cerca del ano y los testículos, para que se dé una idea. Esa glándula, después de cierta edad, hay que revisarla para descartar alguna anomalía y prevenir molestias futuras, como por ejemplo un cáncer.

-Eso último no sería una molestia sino una tragedia. Bueno, ¿y qué hay que hacer?

-Es muy sencillo, en las pruebas de laboratorio de su sangre, incluí una evaluación que se llama “Análisis de Antígeno Prostático”.

-Ah, qué bien, entonces eso es todo.

-No, ahora mismo lo estoy remitiendo al urólogo. Él será quien lo revise.

-Al análisis.

-Y a usted.

-¿QUÉ? Un momento. Exactamente, ¿qué es lo que va a revisar?

-Su próstata.

-¿Allá abajo?

-Sí.

-¿Y más o menos por dónde se le llega?

-Por detrás.

-De quién.

-Suyo.

-¡Ay, Dios!

-Pero tranquilo, eso dura apenas escasos minutos.

-Sí, doctor, pero ¿usted no dice que eso de la próstata es de mamíferos machos, muy machos?

-¡Ajá!

-¿Y entonces? ¿Cómo pretende usted que me deje atacar por la retaguardia?

-Ya le dije que es muy sencillo y rápido, de seguro usted ni se dará cuenta. Además, es por su bien. Recuerde lo que le mencioné acerca del cáncer. Y si no me cree, tenga, lea estos obituarios:

“Ha fallecido cristianamente, víctima de un Cáncer de Próstata, nuestro amado Fulgencio (si tan sólo se hubiese dejado “jorungar” a tiempo).”

“El ejército nacional cumple con el penoso deber de participar el fallecimiento del General Ko Jones. Elevamos una plegaria por el descanso eterno de su alma y el de su próstata...”.

Si me lo hubiesen dicho hace veinte años, habría contestado: “¡Qué! No caballero, eso no será conmigo. ¡Nunca! ¡Jamás! Y si la cuestión se torna en extremo necesaria, el avance de aquí, hasta que me toque, debería ser tal que ni mi cremallera se tendrá que mover de lugar, la vaina seguro no pasará de una revisión con rayos “X” o, en el peor de los casos, una “pinchadita” para sacar una ínfima porción de sangre y analizarla”.
Pues, les cuento que en esta ocasión, yo fui más rápido que la ciencia y, llegué a los cuarenta mucho antes de que se desarrollara una técnica poco invasiva y lo bastante pudorosa como para no tener que someter al escarnio público, mis partes íntimas (mucho menos el culo).

Aquí, un mensaje institucional: Como muchos otros tipos de cáncer, el diagnóstico a tiempo es el mejor aliado para enfrentarlo. De manera que, pasados los treinta y cinco años aproximadamente, todo hombre debería prestar mayor atención a sus “partes”, a ver si se consiguen extrañas formaciones, cosas fuera de lugar, qué sé yo.

Por supuesto, la cosa no es simplemente toquetearse (eso sí, responsablemente, sin desviar la atención hombre, que no es un conteo de espermatozoides), sumado a esto, hay que considerar someterse al consabido examen de despistaje de HPB (Hiperplasia Prostática Benigna).

Una vez convencido y resignado a mi triste y terrible realidad, tomé la orden que me extendió el doctor y me fui al consultorio del urólogo. “No hay avance, la cosa sigue haciéndose como otrora”, pensaba mientras caminaba con la cabeza gacha y mis pies ofreciendo cada vez más resistencia al piso.

-Si es usted tan amable, pase por acá y siéntese a esperar al Doctor Rosendo Blanco.

-Pe, pe, pero, señorita, eh, disculpe. ¿No hay que esperar los resultados del análisis de antígeno prostático, para que el doctor los revise, me diga que todo está bien y, listo, este negrito se va para su casa?

-No amiguito. Eso no es así. Ciertamente el doctor tendrá que revisar los resultados del examen, pero eso será para confirmar lo que arroje el “tacto”.

-¿Tacto? Tocar, palpar, explorar con las yemas de los dedos, ¿dedos? Señorita, ¿no podemos dejarlo hasta el examen de sangre? Sí, yo sé que lo otro también se hace, ya el otro doctor me lo dijo, pero es que pensé que no era necesario, de verdad, ¿no hay otra que se pueda hacer?, ¿podríamos llegar a un acuerdo?, tengo algo de dinero guardado…

-Mi querido amigo, por favor, relájese. Entre a esa habitación, quítese la ropa y póngase la bata verde de papel que encontrará encima de la camilla. El doctor Rosendo ya está por llegar.

O sea, que lo de “la entrada por la puerta de atrás” sí iba. Sí señores, así mismo. Había ido rogando no tener que pasar por tan incómodo trance. “¡Un milagro!”, decía yo.

Salí a tomar un poco de aire. Frente al ascensor, las puertas se abrieron y la ascensorista gritaba, “¡entrando!”. ¡Ay mi madre!, de eso se trataba

Regresé al consultorio caminando cada vez más despacio y repitiéndome incesantemente el nombre del doctor, “Rosendo, Rosendo, Rosendo...”. Ese nombre no podía ser de gente delicada, con normales dimensiones, no qué va. El tal Rosendo tenía que ser un carajo bien ordinario y, con el complemento del apellido: “Blanco”, de seguro se trataba de un negro de dos metros de alto por tres de ancho y con dedos del tamaño de un cambur.

Los minutos pasaban, y mi ansiedad crecía. Estaba cerca el momento en que un hombre se demuestra a sí mismo qué tan macho es. Un congénere “registrando” tu intimidad, y tú allí, incólume, consciente de que es por tu bien; relajado.

Esa última palabrita, de verdad que no me cuadraba para nada, ¿cómo que relajado?, ¿cómo?, si me iban a masajear la hombría, ¡por Dios!

Eso de relajado, me recordaba una charla sobre seguridad personal, en la que el exponente, dirigiéndose más específicamente a las féminas presentes, les decía que ante una posible violación, debían tratar de permanecer calmadas y “relajarse” un poco. Una de mis compañeras tenía su propia versión, “relajarse y disfrutar”. Esto hacía que la situación, fuese más difícil para mí. Cada vez que alguien me decía “relájese”, yo lo asociaba con aquella charla. Sólo pedía que no me lo dijeran más, y por sobre todas las cosas, que el mismo doctor no utilizara ese verbo.

Cuando llegó el doctor yo estaba más tenso que las cuerdas de un violín. La enfermera me indicó que pasara, pero al darse cuenta de que no me había cambiado todavía, utilizó la palabreja esa: “Relájese”. Ya no había vuelta atrás. Bueno, en realidad a eso iba. Entrando al consultorio me encontré de frente con una camilla de esas que utilizan los ginecólogos. ¡Madre Santa! Y el médico, poniéndose los guantes y pidiendo la vaselina.

Dándoselas de graciosa, la enfermera le dijo al doctor: “El pavo está listo para el relleno”. Yo no me reí; para nada, no le encontré el chiste. Ya recostado en la camilla, me di cuenta de que Rosendo era tal cual me lo esperaba. Lo primero que me dijo fue: “Relájese”, y yo, en un acto de rebeldía, apreté con fuerza mis esfínteres.

La enfermera se colocó en la cabecera de la camilla y comenzó a acariciarme el cabello con ternura. El doctor empezó a contarme la historia de unos animalitos que andaban por el bosque, buscando una cueva en donde ocultarse de los malvados cazadores.

En eso estábamos cuando de pronto, mis censores anunciaron la presencia de un cuerpo extraño en mi sistema, la enfermera dejó de acariciarme, y el doctor, con cara de payaso pelirrojo que vende hamburguesas, dio fin a su historia declarando que ya los animalitos habían conseguido su cuevita.

“Puede estar tranquilo caballero, todo en orden, el examen fue todo un éxito; siga tranquilo, de seguro el resultado del análisis del antígeno prostático confirmará que todo está bien; así que, nos vemos el año entrante.”

El año “entrante”, qué chiste. Graciosito el doctor. Ese día recordé aquellos tiempos lejanos, en los que mi madre me embadurnaba de crema la colita para evitar la pañalitis.

Superado el trance y pasados ya varios días desde aquel angustioso momento, siento que cumplí conmigo mismo. Sí, estudiando el caso, observo que no sólo se trató de mi salud; no, también logré confirmar mi hombría, sí señor. Ahora puedo decir que por unos instantes, sólo por unos brevísimos instantes, estuve “del otro lado de la laguna” y, me regresé. Me regresé porque no me gustó. Soy un mamífero macho, muy macho. Y tengo pruebas de ello.


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Talleres de Santa Palabra






Inscripciones abiertas



A partir del lunes 22 de octubre Santa Palabra inicia sus actividades académicas con una variada oferta de cursos dictados por reconocidas figuras de la literatura venezolana actual. Poesía, cuento y novela serán algunos de los géneros abordados en estos talleres permanentes; al finalizar la temporada, se editará una antología de los trabajos desarrollados por los participantes.

Bajo la dirección de la escritora María Celina Núñez, Santa Palabra inicia sus actividades académicas ofreciendo cuatro talleres permanentes dedicados a diferentes modalidades literarias. La temporada comienza el lunes 22 de octubre con el Taller de cuento, dictado por la propia Núñez; alternando la lectura de cuentos de autores conocidos y de los propios participantes, este taller busca develar las diversas técnicas de escritura, tocando temas como la estructura, narrador, argumento y personajes.

El martes 23 continúa el Taller de poesía, también dictado por María Celina Núñez. ¿Qué es un poema? ¿Cómo se lee un poema? ¿Cómo se escribe un poema? Éstas y otras interrogantes serán despejadas a través de herramientas como la lectura y escritura, adentrando a los participantes en los enigmas propios de cada autor leído y de cada texto escrito por ellos mismos.

En Lectura literaria, facilitado por Ricardo Waale, se estudiará el espacio, tiempo y libre albedrío vs. dogmatización para explorar el asunto literario en el cuento, la novela y la poesía a partir del miércoles 24. A manera de tertulias entre participantes y docente, se pretende responder diferentes inquietudes literarias, desde el punto de vista del lector y del creador.

Finalmente, Fedosy Santaella será el encargado de dictar el Taller de novela, desde el jueves 25. En las puertas del siglo XXI, la novela se ha convertido en uno de los géneros más proteicos; este taller tiene como intención hacer que cada participante aborde su propio proyecto y llegue a comprender las estrategias necesarias para lograr estructurar y realizar una novela.

Los cursos serán impartidos en la sede de Santa Palabra, ubicada en La California Sur, Av. Trieste con Av. Madrid, dentro de los espacios de Roberto Mata Taller de Fotografía Quienes deseen más información sobre el programa de estudios, duración, horarios e inscripciones, pueden llamar al 257.9745 o 256.2587, o escribir a santapalabra@gmail.com. El único requisito con el cual deben cumplir los participantes es el profundo interés en la literatura.

Santa Palabra es un centro de actividades literarias especialmente concebido para fomentar la expresión escrita y el intercambio cultural sin ningún tipo de inhibiciones. Además de la temporada regular de cursos, su oferta incluye seminarios intensivos, talleres sabatinos y Club de Lectura. Sin embargo, no se limitan a lo académico y sus espacios también sirven como punto de encuentro para quienes deseen disfrutar de recitales, entrevistas en vivo, encuentros con autores, lecturas dramatizadas y tertulias.


Santa Palabra – Talleres permanentes

Fecha de inicio: 22 de octubre de 2007.

Información: 257.9745 / 256.2587 / santapalabra@gmail.com

Lugar: Av. Trieste con Av. Madrid, La California Sur (dentro de los espacios de Roberto Mata Taller de Fotografía).


Contacto de prensa: Mílitza Zúpan – mmzupan@gmail.com - Telf. 0414.2387909